Punto. Línea. Plano

La distancia más corta de un punto a otro es una línea. Todos lo sabemos. Incluso quienes fueron malos en la escuela, quienes no prestaron atención a la explicación de la profesora o, simplemente, no acudieron aquel día a clases. Es tan obvio que nadie se ha detenido a pensar en que se trata de algo que se aprende, algo que no necesariamente tiene que ser. Por eso, cuando la tiene frente a sí, mirándolo fijo a los ojos, la boca entreabierta, él se siente dos veces extraño, con todas esas líneas en todas direcciones que los separan. Entonces, en lugar de trazar una línea recta hasta ella, su futura mujer, quien será la madre de sus hijos, a cuyo lado morirá, decide tomar una tangente, escapar de su plano de visión, convertirse en un punto de fuga; en otras palabras, dirigirse en línea recta hacia la nada.

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Publicado en la revista “Aurora Boreal”. http://www.auroraboreal.net/literatura/mini-relato/1744-minirrelatos-de-felix-terrones

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Mañana, cuando ya no estés

Los llantos comenzaron a la hora de siempre, solo que esta vez algo los calló de improviso, como si de repente el ruido se llenara de algodones. En su cama, Otilia sólo atinó a cerrar los ojos. Esperó. Uno, dos, cinco, varios minutos. El silencio seguía cayendo desde unas alturas imposibles hasta el borde tenebroso de un precipicio. Ya no quería recordar cómo fue que todo empezó; de hecho, al inicio nada había sido así. O, mejor dicho, nada había parecido ser de esa manera. Recordaba la primera impresión que tuvo de ellos, sentados en el comedor. Ella, una de esas señoras que había visto en el aeropuerto, hermosas y lejanas, educadísimas; él, aunque taciturno, y con la mirada perdida, parecía atento a lo que decía su mujer. Le dijeron, o al menos eso fue lo que ella entendió, que la aceptaban, se quedaría en el cuarto de al fondo, justamente el que estaba al lado de donde dormía el pequeño Louis, ¿decía que era peruana, no?, terminó la señora. Después, el señor se fue a su cuarto, aquel donde se encerraría ese día y los siguientes. Pese a que no hablaba el idioma de ellos, poco a poco empezó a darse cuenta de que algo ocurría, de que algo pujaba por emerger por encima de tanta amabilidad, desde lo más profundo de los rencores y la frustración. Rodeado de un equipo médico, oxígeno, tubos, reanimadores, Louis se aferraba (sin saber que lo hacía) a la vida. Otilia le contaba de su pueblo allá en los Andes peruanos, lo bonitas que eran las casas, lo lindos que eran los animalitos. Algún día lo llevaría, se lo prometía, para que conociera. Sin embargo, también le contaba lo otro, que antes de venirse a Francia había perdido un hijo, también de dos años. Se sentía culpable de contarle eso a la criatura, pero no podía impedírselo a sí misma. ¿Qué le habría pasado al niño Luisito para que se quedara así? Mientras tanto, cada noche, a la hora de siempre, lo escuchaba llorar. Otilia se levantaba e iba a verlo. Desde su cama, él la miraba con expresión suplicante, como pidiendo algo que no pedía. Ella le acariciaba la cabeza, le decía que ya estaba, no pasaba nada. Luego se echaba a dormir en el suelo, como hacía en su pueblo, sólo que esta vez era en el último piso de un edificio en pleno centro de París, una ciudad que no la entendía. Una vez, mientras regresaba a su cuarto, la escuchó: era la señora que sollozaba, bajito, pero sollozaba. El señor parecía decirle algo que a ella le sonó a consuelo. O amenaza. Al día siguiente, a la hora del desayuno, todo fue como siempre, ella sonreía y él miraba a cualquier parte. Pero Otilia ya no se dejaba engañar, sabía que pronto algo, algo indecible ocurriría. Tarde o temprano. Acaso fue aquella tarde, cuando ninguno de los señores estaba en el apartamento y Otilia se animó a entrar en el cuarto. Entonces, fue que los vio o, mejor dicho, los reconoció. Recordó la iglesia de su pueblo en cuyas paredes también estaban la madre con el hijo, estirado en sus faldas, debajo de la cruz. Eran decenas de cuadros en los cuales se repetía la misma escena, solo que ninguno estaba terminado, a todos les faltaba el rostro de la madre. Cuando se dio cuenta, ella lloraba mirando todos esos cuadros; ni siquiera advirtió el momento en el que el señor había entrado. Nadie le dijo nada, pero al día siguiente, durante el desayuno, los señores se odiaron. No les importó que ella estuviera allí, sin entender su idioma, intentando desesperadamente hacer como si no estuviera. Él le increpaba, ella parecía justificarse. Después, el señor salió gritando del comedor y se encerró en el cuarto donde pintaba. Se escucharon cosas contra el suelo, cosas que se hacían trizas repetidas veces. Otilia apenas reaccionó cuando la señora le dio a entender que se fuera de la casa, aquí tenía unos euros para vivir un tiempo más, mañana ya no quería verla en el apartamento. ¿Le habría dicho de verdad aquello o entendió mal, o lo soñó? Otilia sigue cerrando los ojos, intentando olvidarlo todo, no pensar en qué sería de su vida de ahora en adelante ni por qué razón Luisito ha dejado de llorar. Entonces, llega la luz de la mañana, limpia, ligera y alba como una palabra no dicha, un papel dejado en blanco, una ciudad que despega sus ojos al precipicio en el que lentamente todos seguimos cayendo.

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Publicado en: “Máquina de coser palabras”, bitácora de Juan Yanes.

http://jyanes.blogspot.com.es/2014/04/manana-cuando-ya-no-estes-felix-terrones.html

Montecristo

Una vez Morcerf suicidado, enloquecido Villefort, arruinado Danglars, la venganza se ha cumplido. Entonces, todo adquiere un nuevo significado, como si se cubriera de un velo que solo el honor y la justicia pudieran entregar. Así, los catorce años de encierro en la fortaleza de If; la muerte del Abate Faría, su único amigo, aquel que le entregó su ciencia y cariño; el sufrimiento de Haydée; incluso, la promesa de amor de Mercedes, quien terminó casándose con Morcerf, se hacen livianos, ya se pueden acercar al olvido. Solo, agotado, aunque redimido, el conde de Montecristo mira a lo lejos el mar, aquel Mediterráneo que lo encerró en una isla pero que también lo liberó en otra. Nadie lo reconoce en la ya ajena Marsella, tantos años han pasado desde que la dejara, su padre murió y Morrel también. Aquel hombre, quien también se llamó Sinbad el Marino, el Abate Bussoni y Lord Wilmore – todos los nombres que el rencor inspira en su deseo de reparación – puede, finalmente, volver a ser Edmond Dantès, ese pobre adolescente a quien el amor y la inocencia hicieron culpable.

Con todo, el conde de Montecristo suspira, una lágrima corre por su mejilla. Con Morcerf, Villefort y Danglars se fueron sus enemigos, sí, pero también ha muerto él mismo.

 

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1922: annus mirabilis

En aquel año, James Joyce publica el Ulysses en París, gracias a la ayuda de Sylvia Beach de Shakespeare and Company. En una habitación de la rue Hamelin, a algunos kilómetros de allí, Marcel Proust termina À la recherche du temps perdu y, poco después, muere de cansancio y bronquitis. Entretanto, Picasso da a conocer su Mujeres corriendo por la playa, T.S Eliot publica Waste Land, Rainer Maria Rilke escribe las últimas Duineser Elegien y, por si fuera poco, Stravinski presenta su Mavra nada menos que en el ballet de Diaghilev. El mundo parece tomar un respiro entre las dos grandes guerras, como si se empeñara en olvidar el cataclismo antes de arrojarse al holocausto. Los colores, las palabras, las notas musicales se esfuerzan en seguir viviendo, construir un sentido, en medio del horror más voraz.

A miles de kilómetros, en un país inventado de tan irreal, en la obscura imprenta de un panóptico, un hombre ojeroso publica doscientos ejemplares de su poemario. Los distribuirá entre sus amigos, antes de viajar a Europa, donde no se encontrará con Joyce, tampoco con Proust o Eliot, menos aún con Rilke. Ni siquiera podrá tomar una cerveza con Pablo Picasso, quien haría un retrato de él, pero a partir de una fotografía. De la dulce y alegre Europa no conocerá una sola línea, ni tan siquiera un color o una nota musical, aunque sí los albores de la segunda guerra que devastaría a todo un continente. Morirá poco antes, en una habitación parisina, cuentan que acompañado de su mujer, en medio de algo parecido a una digna pobreza.

Ahora, el viajero que quiera encontrarlo puede acudir al cementerio parisino de Montparnasse donde están enterrados muchos genios europeos, cientos de víctimas de la guerra y aquel peruano, de nombre César Vallejo, cuyos poemas son leídos por los futuros poetas peruanos, también franceses y alemanes, quienes, sin saberlo, también son sobrevivientes de esa gran catástrofe llamada humanidad.

ImagenPublicado en: Justa blog  http://www.justa.com.mx/blog/1922-annus-mirabilis/

 

El misterio de la montaña

Esperaba con ansias el final del año escolar para, como todos los veranos, subir a la cima del cerro con mi padre. Al inicio, cuando yo era pequeño, tomábamos los caminos más accesibles. Con los años, cuando yo ya era un hombre, ascendíamos por las pendientes escarpadas, montábamos por senderos inverosímiles, trepábamos por roquedales espinosos. Siempre recordaré la cara de felicidad plena de mi padre desde esas alturas que eran como su elemento. Unas alturas desde las cuales todo parecía encogerse, hacerse más chiquito, diminuto, incluso desaparecer. Sí, incluso su sonrisa era otra. Por eso, ahora que bajo solo me digo que hice bien en dejarlo arriba, en esas alturas donde nadie podrá encontrarlo ni interrumpir esa paz que tanta falta hizo entre nosotros.

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Arte no poética

Se trataba de decirlo sin expresarlo, hacer que las palabras, en este caso las suyas, se acercaran a lo que buscaba transmitir pero sin entrar. Ellas solamente debían contentarse con rodearlo, darle una forma que se dejara adivinar por detrás, por debajo. Poco importaba la anécdota – un asesinato, un engaño, un viaje o un encuentro – cuando lo importante era caminar hasta el borde del precipicio. Un precipicio profundo, hediondo y negrísimo que estaba ahí, esperándonos a todos nosotros desde siempre. Sin embargo, apenas se ponía a escribir, tenía la sensación de que confundía la ruta, cuando no recorría un camino ya transitado por otras personas, incluso de que caminaba de espaldas a su objetivo. Por eso, desalentado, molesto y frustrado, el joven deja sus lapiceros y sale a caminar por la calle. Hace fresco, la gente se divierte en las terrazas. Él sonríe con sus chistes, conversaciones, cotilleos y disputas, cualquiera sea el nombre que se le da a esas conversaciones que, cada una a su manera, delinean algo imposible de cifrar, silencio hecho de pálpitos y ruidos que él decide ya no escuchar para tomar como debe ser su primera cerveza de la tarde. Y fin.

 

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