El misterio de la montaña

Esperaba con ansias el final del año escolar para, como todos los veranos, subir a la cima del cerro con mi padre. Al inicio, cuando yo era pequeño, tomábamos los caminos más accesibles. Con los años, cuando yo ya era un hombre, ascendíamos por las pendientes escarpadas, montábamos por senderos inverosímiles, trepábamos por roquedales espinosos. Siempre recordaré la cara de felicidad plena de mi padre desde esas alturas que eran como su elemento. Unas alturas desde las cuales todo parecía encogerse, hacerse más chiquito, diminuto, incluso desaparecer. Sí, incluso su sonrisa era otra. Por eso, ahora que bajo solo me digo que hice bien en dejarlo arriba, en esas alturas donde nadie podrá encontrarlo ni interrumpir esa paz que tanta falta hizo entre nosotros.

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