Arte no poética

Se trataba de decirlo sin expresarlo, hacer que las palabras, en este caso las suyas, se acercaran a lo que buscaba transmitir pero sin entrar. Ellas solamente debían contentarse con rodearlo, darle una forma que se dejara adivinar por detrás, por debajo. Poco importaba la anécdota – un asesinato, un engaño, un viaje o un encuentro – cuando lo importante era caminar hasta el borde del precipicio. Un precipicio profundo, hediondo y negrísimo que estaba ahí, esperándonos a todos nosotros desde siempre. Sin embargo, apenas se ponía a escribir, tenía la sensación de que confundía la ruta, cuando no recorría un camino ya transitado por otras personas, incluso de que caminaba de espaldas a su objetivo. Por eso, desalentado, molesto y frustrado, el joven deja sus lapiceros y sale a caminar por la calle. Hace fresco, la gente se divierte en las terrazas. Él sonríe con sus chistes, conversaciones, cotilleos y disputas, cualquiera sea el nombre que se le da a esas conversaciones que, cada una a su manera, delinean algo imposible de cifrar, silencio hecho de pálpitos y ruidos que él decide ya no escuchar para tomar como debe ser su primera cerveza de la tarde. Y fin.

 

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